Por: Gabriela Mayta
La devolución pública de 1 millón de bolivianos por parte de Richard Calle, dirigente del magisterio rural paceño, ha generado un espectáculo inusual: fajos de dinero en un bolsón, cámaras por todas partes y un dirigente intentando probar su inocencia a la vista de todos. Pero este acto, lejos de cerrar el capítulo, abre una lista aún mayor de dudas que merecen ser formuladas con seriedad.
Para empezar, Calle sostiene que nunca tomó los supuestos 3,5 millones que se le atribuyen y que lo que circuló sobre viajes, propiedades y lujos habría sido simple difamación. Entonces, ¿cómo es que acusaciones tan graves prosperaron durante semanas sin un control institucional que las clarifique? ¿Quién gana cuando un dirigente queda desacreditado antes de que las auditorías hablen?
El senador Nilton Condori, autor de la denuncia inicial, asistió como testigo del depósito del dinero. ¿Qué significa que un legislador acompañe este acto? ¿Se trata de un gesto de fiscalización responsable o de un aprovechamiento político de una crisis interna del magisterio? Y si el senador considera positiva la devolución, ¿también impulsará con la misma fuerza las revisiones pendientes hacia otros dirigentes señalados?
Calle afirma que una parte de los recursos se destinó a pagos para jubilados y que otra fue entregada a un dirigente para comprar panetones, quien no presentó descargos. Esto nos obliga a preguntar: ¿cómo puede un sector que administra millones manejar recursos con este nivel de informalidad? ¿Qué clase de protocolos permiten que una suma importante desaparezca entre encargos verbales y resoluciones que “nunca llegaron”? ¿Por qué un gremio tan amplio depende de la palabra personal y no de mecanismos profesionales de control?
Más preocupante aún es la necesidad de exhibir dinero físico para demostrar transparencia. ¿En qué momento el magisterio llegó a una situación donde la única forma de convencer a las bases es mostrar fajos en público? ¿No evidencia esto un desgaste profundo de la credibilidad interna y una desconfianza que ya no se resuelve con informes sino con actos performáticos?
Este episodio no puede reducirse a la disputa entre dos dirigentes. El problema de fondo es mayor: ¿qué garantías tienen los aportantes de que sus recursos se administran correctamente? ¿Cuántas decisiones financieras se toman sin sustento documental? ¿Y cuántas denuncias verdaderas o falsas circulan sin que exista un sistema institucional sólido que permita zanjar las dudas sin exponer al gremio a escándalos públicos?
Richard Calle devolvió un millón. Pero lo que la ciudadanía y los propios maestros necesitan que se devuelva es la confianza. Y esa, lamentablemente, no se deposita en el banco ni se exhibe en una conferencia de prensa: se construye con auditorías reales, reglas claras y una cultura de transparencia que, hasta ahora, brilla por su ausencia.





