Por: Gabriela Mamani
Las palabras de Brayan M., el hombre que confesó haber violado y asesinado a Tanya Rosy, una adolescente de solo 13 años, estremecen al país: “No tengo perdón… Me arrepiento harto”. Desde una celda policial, intenta explicar lo inexplicable, mientras anuncia que solicitará un proceso abreviado para reducir su condena.
Pero, ¿qué significado tiene el arrepentimiento cuando una vida fue arrebatada con brutalidad? ¿Qué valor tiene una disculpa cuando una niña fue arrancada de los brazos de su familia y de su futuro? ¿Puede un asesino pedir clemencia mientras una madre llora sobre una tumba recién abierta?
Tanya salió de casa buscando materiales escolares era una niña llena de sueños. Fue vista por última vez subiendo a una camioneta blanca. En su último mensaje advirtió que el conductor estaba ebrio y tenía miedo. Nadie llegó a tiempo para protegerla.
Su muerte no fue un accidente ni un hecho aislado fue un feminicidio más en un país donde la violencia contra mujeres y niñas se ha vuelto cotidiana. Donde se normaliza que un asesino diga que actuó solo y que “tenía miedo”, como si sus palabras pudieran minimizar el horror. Donde las autoridades prometen justicia, pero siguen llegando tarde.
¿Por qué una niña desaparece y el sistema no reacciona con la urgencia debida? ¿Por qué la sociedad sigue permitiendo que los agresores negocien beneficios judiciales? ¿Cuántas alertas tempranas se ignoraron antes de que Tanya fuera encontrada dentro de un yute, arrojada a un barranco? ¿Cuántos casos como este deben repetirse para que el Estado tome decisiones contundentes? ¿Por qué seguimos esperando tragedias para movilizarnos?
El linchamiento que sufrió el asesino antes de ser trasladado a celdas policiales demuestra la rabia acumulada y la sensación colectiva de abandono. Cuando la justicia no funciona, la violencia social estalla. Pero ninguna justicia por mano propia devuelve la vida, ni sana el trauma de un país entero.
Tanya hoy representa a todas las niñas que viven con miedo, a todas las madres que no saben si sus hijas volverán a casa. Su nombre no puede ser enterrado entre estadísticas ni titulares fugaces. Si este crimen termina en un proceso abreviado, ¿qué mensaje enviamos a los agresores del futuro?
No se trata solo de condenar a un culpable. Se trata de transformar un sistema que ha fracasado demasiado tiempo. Porque la verdadera pregunta es esta: ¿Qué vamos a hacer para que ninguna niña vuelva a morir así?




