Por Henry Mamani Bautista, es comunicador social y filósofo
En 2010, Stephen Hawking, famoso científico de la Universidad de Cambridge, afirmó que “la filosofía ha muerto” porque los filósofos, según él, no habrían seguido el ritmo de los avances científicos. La declaración generó una reacción inmediata. Algunos remarcaron que el propio Hawking formulaba tesis filosóficas sin advertirlo; otros respondieron con ataques; y algunos, como Rebecca Goldstein, señalaron que parte del desprestigio actual de la filosofía se debe también a la incoherencia y la falta de rigor con que muchos filósofos han reaccionado ante la irracionalidad de nuestro tiempo. Más allá del escándalo, la afirmación de Hawking reabrió dos preguntas esenciales: ¿cuál es el sentido de la filosofía hoy? ¿Cuál es su valor?
En este Día Mundial de la Filosofía, que se celebra cada tercer jueves de noviembre, quiero ofrecer una respuesta clara: la filosofía no está muerta, pero sólo una forma de filosofía, rigurosa, exigente y minoritaria en nuestro medio,está realmente viva: la filosofía científica. Para sostener esta tesis, primero describiré brevemente qué se entiende por filosofía científica; luego mostraré por qué es la única que puede responder adecuadamente a los desafíos actuales; y finalmente defenderé que el valor de la filosofía radica en la construcción de una cosmovisión informada por la ciencia, racional y orientada a la buena vida, propósito que la filosofía científica cumple de manera ejemplar.
Qué es la filosofía científica
Hannes Leitgeb distingue tres concepciones. La primera entiende a la filosofía como auxiliar de la ciencia. Rudolf Carnap y Hans Reichenbach son los representantes paradigmáticos. La filosofía, según ellos, aplica la lógica simbólica para analizar conceptos científicos y aclarar problemas. Su función es metateórica, es decir, revisar y depurar el lenguaje científico para impedir la infiltración de la metafísica. Aquí la filosofía es indispensable, pero se mueve como apoyo de la ciencia.
La segunda concepción ve a la filosofía como un continuo con la ciencia. Willard Van Orman Quine sintetiza esta idea al afirmar que la filosofía y la ciencia no se diferencian en método ni finalidad. Ambas forman una misma cadena de investigación empírica y conceptual. Esta perspectiva, fundada en la epistemología naturalizada, exige cooperación. En este enfoque los filósofos y científicos comparten objetivos, deben trabajar juntos, en un mismo plano, con un mismo lenguaje.
Leitgeb propone una tercera vía, más amplia: una filosofía científica metodológica. Considera que las anteriores propuestas excluyen tradiciones filosóficas completas y esempobrecedor; por ello, plantea aplicar el método científico a los problemas filosóficos sin descartar ninguna rama. La unidad no está en los temas, sino en el método: claridad, rigor y apertura a la comprobación y considera que ésta en la filosofía científica que están practicando muchos filósofos jóvenes y que en el futuro será aún más importante.
En Latinoamérica, esta tradición fue encarnada de manera magistral por Mario Bunge, quien desarrolló un sistema filosófico (su monumental Tratado Básico de Filosofía en 8 volúmenes) consistente con la ciencia contemporánea y formulado en lenguaje exacto. Gustavo Romero, su discípulo, refuerza esta línea al mostrar que buena parte del debate filosófico actual se basa en visiones del mundo premodernas, incompatibles con la física real. Para Romero, la filosofía científica trabaja como la ciencia; pues proponeteorías, las somete a contrastación y emplea todas las herramientas exactas disponibles.
Jesús Mosterín, por su parte, practicó una filosofía científica en sentido pleno porque fue capaz de integrar biología, matemáticas, física, cosmología, lógica, antropología y ciencias cognitivas en una reflexión filosófica unitaria. Su obra muestra que la gran filosofía ha sido siempre inseparable de la ciencia.
Rasgos esenciales de la filosofía científica
En una formulación general, la filosofía científica integra los avances científicos en la reflexión filosófica y contribuye alprogreso de la propia ciencia. Construye una cosmovisión racional, coherente y revisable coherente con la ciencia yorienta hacia una vida mejor, sin dogmas ni sacralización de la ciencia.
No debe confundirse con la filosofía analítica, que derivó hacia problemas lingüísticos marginales, ni con el positivismo lógico, que descartó ramas enteras de la filosofía. Tampoco es una filosofía “de laboratorio” porquereconoce múltiples fuentes de conocimiento, pero exige claridad conceptual, formalización cuando es posible y compatibilidad con la ciencia.
En nuestro país esta filosofía es minoritaria por no decir inexistente porque exige conocer ciencia real, entender sus métodos y seguir de cerca sus avances en física, biología, genética, matemáticas y ciencias cognitivas, etc. Esa exigencia intelectual suele generar resistencia y, en ocasiones, rechazo.
Por qué la filosofía científica importa
La filosofía científica no es una novedad porque Aristóteles, Descartes, Leibniz, Hume, Kant, Bolzano, Mach, Frege, Russell, Quine, Putnam, Dennett y Searle trabajaron siempre en diálogo con la ciencia de su tiempo. Y hoy lo hacen Peter Koellner, Penelope Maddy, Miguel Angel Quinatanilla, Gustavo Romero y muchos otros filósofos. La continuidad es evidente ya que la filosofía más fértil ha sido siempre la que se mantiene cerca del conocimiento científico.
El valor de la filosofía
La pregunta de Hawking, “¿ha muerto la filosofía?”, sólo revela el agotamiento de ciertas formas de hacer filosofía, es decir, aquellas que rehúyen la ciencia, que se refugian en el verbalismo, que repiten sistemas desvinculados de la ciencia. Esa filosofía sí agoniza, pero no porque los científicos la hayan desplazado, sino porque renunció voluntariamente a su tarea más noble que es comprender el mundo tal como es.
La filosofía científica, en cambio, muestra que la filosofía no sólo está viva, sino que sigue siendo indispensable. Ninguna teoría científica se entiende sin análisis conceptual; ningún modelo del mundo es completo sin una reflexión crítica sobre sus supuestos; ninguna sociedad puede orientarse racionalmente sin una cosmovisión general que articule lo que sabemos. Allí está la filosofía cuando opera con rigor; pues donde la ciencia termina de medir y describir, la filosofía comienza a integrar, evaluar y construir una cosmovisión.
Por eso, la filosofía científica no es un lujo intelectual ni una especialidad más; es el marco racional que permite que el resto del conocimiento humano no se disperse en fragmentos inconexos. Sin ella, la ciencia produce datos sin comprensión; la política degenera en improvisación; y la vida humana queda a merced de la superstición y del ruido ideológico.
La filosofía está viva; viva en la ciencia, viva en la razón, viva en quienes asumen la exigencia de pensar con claridad y de cara a la realidad. Y seguirá viva mientras haya quienes se atrevan a unir conocimiento, crítica y responsabilidad en una visión del mundo que nos permita, no sólo saber más, sino vivir mejor.





